Las prácticas de resguardo territorial de los pueblos indígenas y las comunidades locales como una vía clave para avanzar hacia un manejo sostenible de la fauna y flora silvestres
Las prácticas de resguardo territorial de los pueblos indígenas y las comunidades locales como una vía clave para avanzar hacia un manejo sostenible de la fauna y flora silvestres
Hallazgos principales
Las prácticas extractivistas dominantes de una porción pequeña pero acomodada de la población mundial, insertas en sistemas globalizados de producción y consumo, han provocado un deterioro sin precedentes de la biodiversidad y de los beneficios que esta aporta a las personas. No obstante, también existen prácticas humanas que pueden ofrecer alternativas para revertir este declive.
Los pueblos indígenas y las comunidades locales (PICL), junto con otros depositarios del conocimiento local, han desarrollado y mantenido históricamente paisajes en mosaico, a menudo caracterizados por una alta biodiversidad, un profundo significado espiritual y cultural, y un cuidadoso resguardo del territorio (integrando cuidado, protección, custodia, responsabilidad y relaciones recíprocas sostenidas con el territorio). Hoy en día, los PICL continúan siendo guardianes de más de una cuarta parte de la superficie terrestre mundial, gran parte de la cual se superpone con aproximadamente el 40 % de las áreas protegidas terrestres y los paisajes con integridad ecológica. Sin embargo, se encuentran entre los grupos más afectados por los cambios sociales y ambientales en curso, lo que pone en riesgo no solo la biodiversidad, sino también las relaciones recíprocas entre las personas y la naturaleza que han sostenido estos paisajes a lo largo de generaciones.
Las prácticas de resguardo territorial son “acciones llevadas a cabo por individuos, grupos o redes de actores, con diversas motivaciones y niveles de capacidad, para proteger, cuidar o hacer un uso responsable del entorno en busca de resultados sociales y ecológicos” (Bennett et al. 2018). Estas prácticas están enraizadas en sistemas de conocimiento tradicional, local o indígena, en normas consuetudinarias y en prácticas culturales. Se sustentan en los valores intrínsecos, instrumentales y relacionales que emergen de la convivencia entre los seres humanos y otras especies, integrando vínculos sagrados y de pertenencia, y expresando de manera plural e intercultural las relaciones de reciprocidad entre las personas y la naturaleza.
Durante siglos, se han llevado a cabo prácticas de cuidado, protección y territorial en todo el mundo (véase la figura y la publicación asociada) como expresiones de la relaciones recíprocas de las personas con otras especies y sus ecosistemas, orientadas a garantizar un manejo sostenible de las especies silvestres y el bienestar humano. Muchas de estas prácticas perduran como legados materiales, como los huertos de almejas (clam gardens) de Canadá o los corrales de pesca de Chile. Incluso cuando caen en desuso, estos legados biofísicos pueden seguir generando interacciones ecológicas y beneficiando a otras especies. Como testimonio duradero de esa reciprocidad, invitan a recuperar las prácticas de custodia territorial que aún perviven en la memoria de los depositarios del conocimiento y sus familias –y revalorizarlas es, en última instancia, una tarea política.
Las prácticas de resguardo territorial siguen siendo insuficientemente reconocidas, respetadas y apoyadas en los marcos actuales de gobernanza de la biodiversidad, y aún no se reflejan de manera sistemática en los instrumentos formales de política y financiamiento. Como titulares de derechos y guardianes legítimos del conocimiento sobre el manejo sostenible de plantas y animales silvestres, los PICL deberían tener un papel más central en los procesos científicos y de formulación de políticas que rigen el manejo de la biodiversidad a nivel local, regional y nacional.