Huerteras de Huiscapi relatan su experiencia en proyecto impulsado por el Cedel UC y la Fundación Ibañez Atkinson

El proyecto de la huerta de Huiscapi nace producto de un convenio
entre el Cedel UC y la Fundacion Ibañez Atkinson. En la imagen,
representantes de la Fundación, incluida su directora Heather Atkinson,
posan junto a las huerteras a las afueras del invernadero. 

 

En plena pandemia, un pequeño grupo de mujeres participó en la construcción de un huerto ubicado frente a la plaza de Huiscapi, pequeña localidad que acoge este proyecto que busca relevar el conocimiento de las huerteras. 

“¿Qué significa esta huerta para ustedes?”, pregunta la postdoctorado del Cedel UC, Constanza Monterrubio, a las mujeres que allí se encuentran, mientras buscan conceptos que ayuden a formar un nombre para el espacio. Se trata de un invernadero ubicado en Huiscapi, pequeña localidad de La Araucanía que se encuentra entre Villarrica y Loncoche, y que para el último censo no pasaba de los mil 500 habitantes.

Durante el último año estas mujeres han estado participando de este proyecto a través de los talleres impartidos por la postdoctorado, un lugar que se construye a raíz de un convenio entre el Centro UC de Desarrollo Local y la Fundación Ibañez Atkinson y que, tras la iglesia católica del lugar, ha instalado un invernadero que ha sido ejecutado por las participantes desde sus cimientos hasta sus primeras plantaciones. Es por ello que el espacio se ha convertido en una iniciativa de valor para estas cinco huerteras, entregando una experiencia comunitaria en medio del aislamiento por el COVID-19.

Pero ante la pregunta, las participantes callan en la confidencia de sus miradas sonrientes, algunas más tímidas que otras, una imagen contrasta con las carcajadas y los llamados a viva voz que se escuchan durante las mañanas de trabajo. Sin embargo, poco a poco comienzan a surgir las primeras ideas.

 

 Casi como una familia

Aquí somos como familiares, se forma una familia donde se conversa lo que le pasa a uno, que a veces son momentos difíciles”, explica Ruth Ocampo, una de las huerteras que participa del proyecto, mientras pica la tierra para hacer los senderos que rodearán la huerta. “Y uno le da apoyo mutuamente y eso es integrarse como un grupo familiar, más que un grupo de señoras que vienen a trabajar aquí en el huerto”.

 

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En la imagen, Eliz, Elisabeth y Clara (de izquierda a derecha)
siembran semillas de zanahoria en la tierra preparada previamente
por Ruth a un costado del sendero que conduce al invernadero. 

 

La relación de esta familia, como la denomina Ruth, es una historia de más de tres años, donde las mujeres han participado en distintos talleres ofrecidos por la Fundación y que las ha unido en su trabajo y curiosidad.

“Yo hace tiempo que estoy aquí”, comenta por su parte Eliz Estroz, otra de las huerteras participantes, antes de terminar la jornada, “con Ruth empezamos en las flores y en los talleres de tejido”.

Antes de esta huerta, las mujeres habían levantado un invernadero donde cultivaban distintos lechugas, además de distintos tipos de flores, productos que comercializaban con sus comunidades. Sin embargo, el nuevo invernadero, que se levantó a unos metros del anterior, persigue un objetivo un poco más amplio.

 

Sistematizar el conocimiento

“El invernadero se puede formar o transformar en un centro demostrativo y con transmisión de conocimientos a otras generaciones”, explica Constanza Monterrubio, agregando que la intención de la huerta es también “devolverles esa capacidad de experimentar con la semilla, comprendiendo que es un ente vivo que responde de distinta manera a distintas condiciones”.

 


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Huerteras de Huiscapi intercambian semillas junto al coordinador de
Educación para el Desarrollo Sustentable de la Fundación Ibañez Atkinson,
Pedro Smith, y la postdoctorado del Cedel UC, Constanza Monterrubio.
En la foto, de izquierda a derecha: Ruth Ocampo, Pedro Smith,
Constanza Monterrubio, Gabriela, Eliz Estroz y Clara Alarcón.

 

El trabajo desarrollado por la postdoctorado aborda estas temáticas como una manera de revisar “la resiliencia del patrimonio biocultural alimentario, la diversidad, los cambios y la adaptación de la diversidad de las huertas”.

Fue con esta idea que el proyecto impulsado por la Fundación Ibañez Atkinson se planteó desde la recuperación de las tradiciones huerteras ligadas a la zona. “Lo que buscamos ahí es diversificar la producción de la huerta que hasta ahora producía flores y lechugas, incorporando alimentos que tengan mayor identidad territorial, pero que a la vez también nos ayuden a generar algún ingreso económico extra (…) el objetivo principal del taller es el emprendimiento”, señala.

 

Un oasis en medio de la pandemia

Pero lo que más rescatan las huerteras es la oportunidad en medio de la pandemia que ha significado esta instancia. Es un lugar que, además, está pensado especialmente para ellas, con mesones de trabajo que están a su altura y que evitan que se tengan que agachar.

Asimismo, los cajones donde se plantarán las especies también fueron construidos a su altura, con la intención de facilitar el trabajo de las huerteras una vez que las especies sean trasplantadas.

 

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Gabriela muestra parte de las semillas obtenidas durante el intercambio
sostenido entre sus compañeras y los facilitadores del proyecto. 

 

“Este invernadero fue un súper regalo”, cuenta con alegría Gabriela, otra de las huerteras, mientras seca con su manga el sudor de su frente, “da mucho ánimo de trabajar en una cosa así, a mí hasta para la salud me ha hecho bien esto”.

Por otra parte, Elisabeth González, huertera que emigró desde Santiago en 2004 y que sufre de depresión, asegura que este espacio ha sido revitalizante en un contexto pandémico. “Con esto uno ya empieza a revivir, me ha servido mucho, he aprendido montones. Yo amo meter las manos en la tierra y aprender, tengo mi huertita en la casa y de a poquito la vamos haciendo”.

Y es ese ánimo el que rescata Ruth. Para la huertera, que en proyectos personales también trabaja con huertas de la zona, la disposición anímica es crucial al momento de ejecutar estos proyectos. “Si tú andas bajoneada y dices ‘ya voy a plantar aquí no más y punto’, no sirve, la planta se te muere porque recibe toda la energía que tú le puedas entregar a ella”.

Otra de las huerteras es Clara Alarcón, mujer a quien sus compañeras han denominado cariñosamente como “la de los dedos verdes”: ninguna planta se resiste a su cuidado. “No alcancé a terminar mi profesión”, cuenta, “yo estaba estudiando para técnico agrícola y a mí siempre me ha gustado lo que es huerta, flores, criar aves, chanchitos, ovejas. Esas cosas me fascinan a mí, entones la huerta ya es un cambio de ambiente”.

“[La huerta] se ha vuelto un lugar de convivencia”, sintetiza Constanza Monterrubio, “de aprendizaje, de intercambio de semillas, de saberes, espacios valiosos sobretodo para mujeres que se la pasaron muy recluidas durante toda la pandemia”.

 

Huerta Mía Huiscapi

“Este es su espacio de trabajo y es como se lo van a enseñar a su comunidad”, explica la postdoctorado a las huerteras mientras buscan un nombre con el que bautizar el espacio. “Qué queremos que la gente vea de afuera”, agrega el coordinador de Educación para el Desarrollo Sustentable de la Fundación Ibañez Atkinson, Pedro Smith, quien ha acompañado las actividades constantemente.

Así, entre palabras como comunidad, vida, vitamina y esfuerzo, surge finalmente un nombre que a todas les hace sentido y que representa el sentir por un espacio que sienten propio, y desde donde buscan generar comunidad con otras y otros, sobre todo con niños, niñas y adolescentes a quienes transmitir un conocimiento que se vive con cariño.

Es “Huerta Mía Huiscapi” el nombre que eligen las huerteras, el que desde esos últimos días de septiembre servirá para denominar este espacio que llevan tan arraigado en su cotidianeidad y que usan como un lugar para reconectarse con la tierra y con los conocimientos que alguna vez recibieron de sus madres y abuelas.

 

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El levantamiento de la huerta es algo que se hace con planificación y aplicando conocimientos.
En la imagen, la distribución que las huerteras han pensado para las plantas, junto a la
postdoctorado del Cedel UC, Constanza Monterrubio.